Pobreza y delincuencia

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“La pobreza no es natural, es creada por el hombre y puede superarse y erradicarse mediante acciones de los seres humanos. Y erradicar la pobreza no es un acto de caridad, es un acto de justicia.”

-Nelson Mandela

“La parte de la humanidad que no conoce el hambre tiene en su poder la pobreza del mundo.” – Alejandro Lanús

“La miseria y la pobreza son tan absolutamente degradantes, y ejercen un efecto tan paralizante sobre la naturaleza humana, que ninguna clase [social] tiene realmente conciencia de su propio sufrimiento. Debe decírselo otra gente, y con frecuencia son absolutamente incrédulos.”

– Óscar Wilde

En una entrevista que el presidente López Obrador dio a Milenio en noviembre de 2018, dijo que la meta de su sexenio es reducir los números de la delincuencia que le heredaron los sexenios de Calderón y Peña Nieto “cuando menos a la mitad la incidencia delictiva de los últimos diez, doce años”. Dijo estar optimista porque durante su gestión como jefe de gobierno de Ciudad de México redujo el índice diario de homicidios de 3 o poco más a 1.8 en promedio.

“¿Por qué estoy optimista?, se pregunta él mismo, y responde: “porque vamos a atender las causas por primera vez, que originan la inseguridad y la violencia; este no es un asunto policiaco nada más, tiene qué ver con el tema de la prevención, pero, sobre todo, que haya crecimiento, que haya empleo, que se atienda a la gente, que haya bienestar”. Interviene la entrevistadora: “Pero también capacitar a ministerios públicos, peritos, procuración de justicia” /”Sí, sí, sí, sí, sí, sí”, ataja el presidente, “pero todo, ¿sí?, las bases, todo, eeehhhh, arranca, inicia, con el bienestar de la gente, el pueblo no es malo por naturaleza”. “¿Y la pobreza no es sinónimo de criminalidad?”, le preguntan. “¡No, tampoco!”, responde, peeeero, pero sí, el abandono, ¿sí?, la falta de oportunidades, ¿sí?, la desintegración de las familias, ¡todo eso contribuye!”

En general este es el eje de su discurso sobre la criminalidad, y vez tras vez insiste en que dar empleo a los desempleados y dinero a los pobres y cuidara las familias es “atacar las causas” de la criminalidad. “Hay una nueva conciencia, un cambio de mentalidad. Entonces los que se portan mal ya no son bien vistos, miren, si no fuese por eso, no hubiésemos podido enfrentar el huachicol. ¿Quién nos apoyó? La gente. Porque ya eso no se tolera, no se acepta. Además, que se porten bien porque hacen sufrir muchos a sus mamás, a sus familiares”.

El presidente no es el único que piensa de esa manera. Muchas personas dan por sentado que la pobreza es el pretexto de la delincuencia. Que las duras condiciones económicas que afrontan más de 50 millones de mexicanos obligan a la gente a delinquir. Es la falta de oportunidades, dicen, la necesidad extrema. Están equivocados. Es simplista y racista considerar que ser pobre es ser delincuente en potencia. Por si no lo saben, los pobres son quienes mueven a este país, los campesinos, los obreros, las madres solteras, todas las personas que se levantan a las cinco de la mañana a sobarse el lomo en el campo, la fábrica, el subempleo. Es muy sencillo pontificar desde la comodidad de los hoteles de cinco estrellas, desde la curul o la oficina pletórica de ayudantes.

Si hubiera algo de verdad en ese razonamiento racista, el desarrollo económico significaría una disminución en los índices de la delincuencia, pero no ocurre así. Pensar que los pobres están a un paso de ser ladrones es suponer lo contrario, que quienes viven medianamente bien no cometen delitos. Y aquí, en México, en nuestra Patria, los grandes ladrones, los de cuello blanco, son acaudalados, y ninguno de ellos tuvo necesidad siquiera de robarse un lápiz de su trabajo, y como muestra está el millonario Emilio Lozoya Austin, cuyo padre, Emilio Lozoya Thalmann es mucho más rico, tanto que ni diez vidas le serían suficientes para gastarse siquiera una centésima parte de su dinero. ¿Qué necesidad tenía ese junior de robar a Pemex, de saquearlo? Ninguna.

Para contrastar, fíjense ustedes que, a finales de 2010, el investigador José Antonio Ortega Sánchez presentó su estudio “¿POBREZA = DELITO? Los factores socio-económicos del crimen y el derecho humano a la seguridad pública”, mediante la Comisión de los derechos Humanos del Estado de México, de la cual es Consejero Ciudadano. En él hecha por tierra de manera científica y sistemática la falsa idea de que la pobreza y la desintegración familiar son las fuentes de la delincuencia. Los dos primeros párrafos son contundentes:

Cada vez que un gobernante, un alto burócrata del sistema de justicia penal o ambos fracasan en su obligación de garantizar el derecho a la seguridad pública, su excusa predilecta es: la delincuencia es producto de la pobreza, el desempleo, la desigualdad en los ingresos u otra variable socioeconómica por el estilo.

“Si este razonamiento se toma en serio y se asumen sus últimas consecuencias, para abatir la inseguridad habría que reducir – si no es que erradicar por completo – la pobreza, el desempleo o la desigualdad en los patrimonios y en los ingresos. Por tanto, al mismo tiempo habría que abolir a la policía, a los fiscales, a los jueces y a las prisiones, pues en estricta lógica el sistema de justicia penal es perfectamente superfluo.”

Del principio de que la pobreza genera delincuencia el investigador obtuvo diez hipótesis principales y 45 hipótesis secundarias, que trató de probar mediante el método científico, tomando como fuentes al INEGI, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, el Banco Mundial, la Secretaría del Trabajo, el Consejo Nacional de Población, el Programa de las Naciones Unidad para el Desarrollo, la Sedesol, el DIF, el Consejo Nacional de las Adicciones, la Secretaría de Seguridad Pública, la Procuraduría de Justicia, el Instituto Ciudadano de Estudios de la Inseguridad, entre otros.

Las conclusiones son contundentes: “Sobre los resultados, cabe adelantar: ninguna de las 10 hipótesis principales, ni por ende la hipótesis central se validaron. De las 45 hipótesis secundarias solamente se validó 1 y respecto a 3 hubo 9 ejercicios (de un total 209 ejercicios de análisis estadístico) que las validaron parcialmente.

“Luego, no hay fundamento científico para afirmar que la magnitud o ritmo del crecimiento de la economía, el desempleo, la pérdida de valor adquisitivo del salario, la marginación, la pobreza, el índice de desarrollo humano, las diferencias entre los ingresos, la desintegración familiar o la adicción a las drogas sean determinantes (o cuando menos determinantes importantes) del delito. Lo que se validó fue la hipótesis diametralmente opuesta a la de la Etiología Determinista Económica del Crimen: existe una correlación estadística muy fuerte entre el desempeño del sistema de justicia penal y la delincuencia, que hace altamente probable que la segunda variable sea la dependiente de la primera”.

Léalo por favor de nuevo: “Lo que se validó fue la hipótesis diametralmente opuesta (…): existe una correlación estadística muy fuerte entre el desempeño del sistema de justicia penal y la delincuencia”. En pocas palabras, la impunidad es una de las primeras causas de la criminalidad. El hecho de que un ladrón sepa que en el remoto caso de que lo atrapen obtendrá su libertad casi de inmediato es lo que lo hace ser ladrón. Y ni siquiera se trata de endurecer las penas contra los criminales, sino de la correcta aplicación de las leyes, que en este país sólo sirven en el papel, porque la realidad de los juzgados es que, si quieres justicia y tienes mil pesos, recibirás mil pesos de justicia.

A la misma conclusión llega la autora Nancy Flores Nández en su libro “La Farsa Detrás de la Guerra contra el Narco” (Océano, 2012), en el que hace un estudio basado únicamente en solicitudes al IFAI, y con el que demuestra que de cada 100 personas presentadas ante la autoridad sólo 4 permanecieron en prisión y una de ellas sujeta a proceso: “en lo que va del  conflicto en México (es decir, hasta 2012), sólo se han dictado 254 sentencias firmes por secuestro, 735 por delincuencia organizada y 53 por lavado de dinero”. Y nos hace saber: “no es cierto que los 60 mil muertos, los 13 mil desaparecidos, los 250 mil desplazados y que los miles de miles de familias mexicanas que han sido desmembradas en este tiempo, que la pérdida de nuestros derechos humanos haya servido para algo, los cárteles manejan cifras impresionantes de dinero, incluso más que lo que tiene Carlos Slim, que es el hombre más rico del mundo”.

El nuestro es un problema de instituciones, en específico la del sistema judicial, que es un nicho de podredumbre y corrupción, pero que es “autónomo” y por eso “no hay manera de que intervenga el presidente”. Lo que hace la diferencia entre un mexicano y un suizo no es que el suizo sea una linda persona o tenga más arraigados sus valores, es la institución del estado la que le asegura que el día que se robe la bicicleta de su vecino ese día irá a dar a la cárcel, lo mismo si asesina, trafica con drogas o comete fraude.

El general Francisco Villa supo que la corrupción era el origen de muchos de nuestros males, y lo hizo saber en su “Manifiesto de San Andrés”, cuando llamó a los mexicanos a efectuar elecciones para presidente de la república “castigando con pena de muerte a aquellos que obren mal en las elecciones”. También especificó que los diputados y senadores “no podrán inmiscuirse en negocios que estén fuera de su competencia, como trabajos en pro de concesiones, etc., que recuecen en provecho propio con perjuicio de la colectividad, so pena de ser pasados por las armas”. A ver, yo quiero saber quién se atrevería.

En realidad, los pobres son quienes mueven a este país, los campesinos, los obreros, las madres solteras, todas las personas que se levantan a las cinco de la mañana a sobarse el lomo en el campo, la fábrica, el subempleo. Es muy sencillo pontificar desde la comodidad de los hoteles de cinco estrellas, desde la curul o la oficina pletórica de ayudantes. Muchas personas viven la pobreza con dignidad; son buenos ciudadanos, trabajadores, padres y amigos, porque los valores poco tienen que ver con las posesiones materiales. Y cada día se levantan a empezar la jornada, a sostener de manera soterrada el andamiaje social. De ellos provienen las frutas y las verduras, las vestimentas que utilizamos, el calzado y en general la mayor parte de los productos que necesitamos para vivir.

Todos los días, cual laboriosas hormigas, salen a buscar el pan, en la obra, lavando ropa, cargando enseres, vendiendo frutas de casa en casa, paletas de hielo, palos para el tendedero, muebles rústicos de pino, lo que sea con tal de sacar lo del día para llevar a la casa. Los insulta, los ofende, los degrada el hecho de que un diputado, un industrial, o un presidente de la república, declaren como si nada que en la pobreza reside la explicación de la delincuencia.

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