Sobre el arte de la pintura

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“Para mí, el objetivo del arte, el objetivo de la expresión humana es conmover. Esto es, si una obra de teatro, un libro, una melodía, o un cuadro no te conmueve, ¿qué sentido tendría? Para mí, todo el arte tiene que conmover, tiene que confundir. Lo que no conmueve es decoración. No hay más vuelta que darle”.

-Arturo Rivera, pintor mexicano

En la madrugada del 29 de octubre de 2020, a la edad de 75 años, falleció el pintor mexicano Arturo Rivera, víctima de una hemorragia cerebral, que padeció a consecuencia de una caída. Murió uno de los más grandes pintores mexicanos, un artista excepcional, cuya obra, extraña y provocadora, no tiene parangón en el panorama de la pintura contemporánea nacional. Murió un hombre que llevó el dibujo a la altura de obra de arte, que practicó la pintura con una técnica impecable, que le sirvió de vehículo para plasmar imágenes aterradoras algunas, dolorosas otras, extrañas e inexplicables, al borde de la pesadilla o del sueño, pero ejecutadas todas con una maestría envidiable.

Las pinturas de Arturo Rivera son estremecedoras. Los marchantes del arte lo odiaban por su crudeza, por el dolor de sus cuadros, por la vertiginosa esencia de su obra. Todo te puede pasar frente a un cuadro de Arturo Rivera, menos que te quedes impávido. No hay manera de clasificarlo. No hay en las corrientes de la pintura mexicana contemporánea una manera de encasillarlo, de encuadrarlo. Podría ser surrealista, figurativo, realista, en ocasiones hiperrealista, pero esas denominaciones no alcanzan a contenerlo, porque la obra de Rivera no tiene parangón y se sustenta en una técnica depuradísima, de maestro renacentista, y unas imágenes perturbadoras, conmovedoras, plagadas de simbolismos.

Las primeras obras que exhibió Arturo Rivera fueron dibujos. Unos dibujos realmente inquietantes, de una técnica tan refinada y perfecta que por sí misma los hace destacables. Pero la técnica sólo es el vehículo de unas imágenes desconcertantes, realistas, pero de una realidad que más pertenece a los sueños y en muchas ocasiones a las pesadillas. Los personajes en la obra de Rivera, dentro de los que se encuentra él mismo en sus autorretratos, sufren, o están perdidos, o buscan algo, no sabemos qué. Todos están inmersos en una atmósfera ominosa, atemorizante.

Hay una parte de la obra de este pintor que es el tránsito del dibujo a la pintura. Él mismo dice que hubo un tiempo en que renegó de la pintura, quemó el caballete, tiró los pinceles y se dedicó al diseño gráfico, hasta que años después volvió a dibujar, y poco a poco a pintar. En esa etapa de transición hay dibujos coloreados parcialmente, a los cuales el color les añade un nuevo elemento sorprendente. Después sus pinturas se encargaron de develar al maestro que es Arturo Rivera. Hay que verlo para constatarlo.

Mucho se ha escrito sobre el efecto que produce el arte en el espectador, pero pocas veces se habla sobre lo que ocurre en el interior del artista. Borges escribió: “La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético”. Aquí se cruzan los caminos de Borges y Arturo Rivera: la inminencia de una revelación te conmueve. No puede ser de otra manera.

Hace unos años, Rivera tuvo una extensa conversación con José David Cano, para la Revista Forbes, con motivo de los 70 años de vida del pintor. En esa conversación, Rivera reveló lo que ocurría en su interior durante el proceso de pintar un cuadro: “Es que así soy. Yo tengo una identidad con lo que me gusta. Por ejemplo, yo tengo una identidad con este cráneo que ves aquí en la mesa —dijo, y señaló, en efecto, un cráneo sobre una esquina de la mesa—. ¿Por qué? Porque hay algo que me conmueve. Todos mis cuadros tienen algo de mí, y lo tienen sin ser autorretratos. Todos los personajes, todas las figuras, salen de mí. En todos los pintores auténticos, todo lo que ves en cuadro es él.” También dijo a Virginia Bautista, reportera de Excélsior: “Toda la pintura que hago es un autorretrato, aunque sea una flor o una mano, porque expresa lo que siento, me expresa a mí. A veces soy mi propio modelo, pero sólo es para empezar algo. No se me hace difícil hacer esto, porque me pienso como un personaje más de la escena”.

A contracorriente, inmerso en la belleza de lo terrible, al margen de las modas y las corrientes, Arturo Rivera, siguió creando una obra inigualable, sin punto de comparación, y desde esa autoridad demolió a la pintura contemporánea mexicana, a la que llamaba Arte VIP: “Todo está copado por el ‘arte contemporáneo’, así, entre comillas, porque vaya uno a saber qué quiere decir lo de “contemporáneo” … Hace algunos años, nosotros éramos contemporáneos o modernos; ahora resulta que no es así. Se robó la palabra el arte VIP (video, instalación, performance). Se robaron ellos la palabra “contemporáneo”.

Algún día Arturo Rivera tendrá el lugar que le corresponde en la pintura mexicana, una vez que se extingan las corrientes del arte objeto y el arte basura y todas esas frivolidades que prostituyeron el arte de pintar. Alejado de los inodoros, las almohadas, las instalaciones con placas de madera y pencas de nopal, los clavos y los zapatos viejos, Arturo Rivera será el pintor de esta época, de este preciso momento: “No soy un pintor de la luz, sino de la oscuridad (…) La vida es dolorosa. La realidad, la política, lo que estamos viviendo ahorita, lo que pasa en el mundo. Estamos en una época terrorífica, horrible, hay posibilidad de una deshumanización total. ¿Cómo no te vas a manifestar así?”

Yo conocí sus dibujos en 1980. Son en verdad impresionantes, y cada mañana me sirven de impulso para seguir dibujando, de manera mucho más modesta y sin pretensión alguna de emularlo (cosa además imposible). Años más tarde fui con mis hijos a la exposición “Bodas del Cielo y el Infierno”, que montó en el Museo de Arte Moderno, y no exagero si les digo que estuvimos frente a un clásico, para el que los adjetivos de artista único, extraordinario, genial, son insuficientes. Sé que, si algún día muero y llego a estar en presencia de Jesús, el Hijo de Dios no dudará en bajar de su trono y venir a mi encuentro para preguntar ansioso: “¿Es verdad que tú conociste de cerca los cuadros de Arturo Rivera?”

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