Sobresueldos y subsidios

Por José Páramo Castro

Anteriormente se pagaba un sobresueldo a los comunicadores y un subsidio a los medios para hablar sobre los beneficios de las obras públicas de los diferentes gobiernos del PAN y del PRI. Ahora, el sobresueldo y el subsidio lo pagan manos descocidas para hablar mal de las obras públicas del actual gobierno federal.

El chayo antes lo pagaba el poder, la autoridad, el gobierno, ahora lo paga la oposición, la disidencia, el descontento. Hay partidos que siguen teniendo en nómina a columnistas y periodistas, para desgastar al actual régimen.

El trabajo de algunos comunicadores acostumbrados a estos pagos no es arduo, no hay esfuerzo adicional, simplemente voltean la moneda y siguen cobrando. El sobresueldo sigue, y pareciera perpetuarse en algunos medios y con algunos comunicadores. La realidad sigue esperando su turno para estar presente en los espacios de los medios hegemónicos.

La obra pública fue el principal insumo del chayo y, al parecer, sigue siéndolo. Esto no quiere decir que si no hay obra pública no hubiera sobresueldo, el insumo puede derivarse de los funcionarios públicos en busca de reflectores, pueden ser simples declaraciones o entrevistas que den impulso a alguna imagen política.

El lenguaje de la mentira tiene material tergiversado y es su interpretación la que se monta en esa difusión —no en la información—, la consigna pisotea la confianza que la población depositaba en los medios. Difusión de la mentira en un país increíble crea polos de confusión sobre la realidad que aprovechan para desvirtuar logros y avances del gobierno federal.

La conciencia de los espectadores, sean lectores, televidentes, radioescuchas, internautas, está despierta, saben que la palabra se convirtió en mercancía y el medio en que aparece esta realidad alterada es el flete que paga el lector o espectador. Pero la entrega es más costosa que la mercancía.

Esto hace que la vieja premisa romántica de los comunicadores desaparezca, incluso en los tiempos de redes sociales, que rezaba: Hay periodistas sin medio, pero no medios sin periodistas. Ahora es al revés.

Los medios al abrir sus espacios al resentimiento y no a la información, hacen a un lado a los comunicadores, quienes sean leales a la verdad o no, carecen de difusión, aunque cuenten con un humilde espacio en Facebook o en Twitter.

La costumbre de considerar verdad todo lo que los medios difunden se fracturó en dos partes: la primera, los vicios que desde el nacimiento de los periódicos mexicanos adquirieron una especie de subsidio para una empresa que los gobiernos mostraron como menores de edad; la segunda, las redes y la aparición de alternativas informativas más democráticas, populares, y también más mentiras en esos canales.

El concepto mental de la información se redujo considerablemente y la verdad, como premisa filosófica sempiterna, volvió a escapar de la percepción de los mexicanos y más aún hay quienes perdieron la esperanza de tener un asomo mediático de información con algo de veracidad.

Así, los medios corren riesgo de ser los cronistas de la mentira contra una realidad que exige testimonio, credibilidad, coherencia, lógica y sentido común.

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