Te odio, Hacienda…

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“En este mundo no se puede estar seguro de nada, salvo de la muerte y de los impuestos.”

—Benjamin Franklin

“Los impuestos castigan a quienes producen y recompensan a quienes no producen.”

—Robert Kiyosaki

“Muchos jueces son incorruptibles, nadie puede inducirlos a hacer justicia.”

—Bertolt Brecht

“Hoy, cuando afloran los nombres de corruptos o defraudadores y se sabe más, a la gente no le importa nada y solo van a la cárcel los ladrones de pollos albaneses.”

— Umberto Eco

Dejen les cuento. Hace tiempo tuve la idea de tramitar un crédito para comprar un automóvil. Con mucho esfuerzo a lo largo de un año fui juntando lo necesario para dar el enganche. La neta me sentía muy contento, porque después de 30 años de trabajar en la Termoeléctrica López Mateos de Tuxpan estaba ante la posibilidad de estrenar, por primera vez en mi vida, un automóvil de agencia, aunque fuera fiado. Todo iba bien. Las promotoras del banco eran toda amabilidad, lo mismo que la chica de la agencia, que no dejaba de sonreírme. Y bueno, me hablaron tan bonito que terminaron convenciéndome de que rasguñándole un poco a los gastos me sería posible afrontar los gastos del crédito, el seguro, la comisión por apertura de crédito, etcétera. Ya me había visto, tirando rostro al salir de la agencia en mi flamante automóvil, cuando la promotora me llamó por teléfono para darme la noticia de que no era sujeto de crédito porque estaba en la lista de morosos del Buró de Crédito. Ah, caramba.

En efecto. De inmediato me puse rebelde y les dije, no, señorita, no tengo deudas como para ir a dar al buró. Claro, una es la cuenta del borracho y otra la del cantinero, porque la dama tuvo a bien imprimir el reporte del buró, el cual indicaba con toda claridad que Hacienda Federal me puso en esa lista negra y de infame memoria porque le debía declaraciones de ingresos, de IVA, de ISR y de no sé cuánto más. Casi me fui de espaldas. En realidad yo tenía un solo patrón, que es la CFE, y cada catorcena el patrón del que les hablo me retenía los impuestos, y ya, fin, no presentaba declaración porque que mis ingresos no rebasaban ni de chiste la cantidad de percepciones que obliga a las personas a presentarla cada año. Y como para mí el SAT es una sucursal del infierno, evité acercarme siquiera.

En realidad detesto al SAT. Sé que está mal, porque es una locura detestar a una institución, pero estoy convencido de que son una pandilla de rufianes que están buscando cómo sacar el dinero de los bolsillos de los trabajadores. Para ello se valen de unos códices fiscales ininteligibles, redactados para que nunca en esta vida se los pueda interpretar, y ni siquiera los que descifraron el lenguaje de los mayas y los egipcios puedan tener una idea, aunque sea lejana, de su verdadero significado y contenido. Verán ustedes, de profesión soy licenciado en administración de empresas, me gradué con honores en la universidad, pero debo confesar que no le entiendo a los códigos: para mí se trata de temas tan misteriosos como los mensajes del Manuscrito Voynich o los enigmáticos símbolos de Rongo Rongo.

Bien. A causa de mi ignorancia fui a dar con un buen amigo que es contador y que tiene el don de la clarividencia en lo referente a descifrar esos misteriosos códigos del SAT, provenientes, según me parece, de los textos herméticos de Simón de Hipona de Alejandría, conocido como “El Navegante de los Siete Secretos.” En realidad admiro a mi amigo y a todos aquellos que pueden navegar entre los galimatías de los códigos fiscales y dar la respuesta adecuada al SAT, de modo que no sólo dejen de perseguirte sino que de vez en cuando te devuelvan algún dinerillo, porque eso sí, el SAT te agarra de más, nunca de menos, y a la hora de hacer las cuentas te devuelve, si bien te va. Cuando le plantee mis pesares mi amigo me dijo “pásame tu contraseña y veo qué está pasando”. ¿La contraseña de qué?, le contesté. La contraseña de tu cuenta en el SAT, me dijo con toda paciencia, y pasó a explicarme que cada causante tiene su cuenta del SAT en línea y que accede a ella a través de internet con una contraseña que el mismo SAT provee. No tenía la menor idea de que necesitaba una contraseña, le dije. Saca una cita en el SAT, me dijo, y tramita la contraseña para que podamos empezar a estudiar el caso.

Como estaba de vacaciones, me tomé el tiempo para sacar una cita en línea. Me pidieron que fuera puntual. Así lo hice. No tengo queja al respecto del servicio en la oficina de Tuxpan del SAT. Nada más eso faltaba, que lo malmodearan a uno o lo hicieran esperar, sobre todo si se trata de hincarle el diente a un dinerillo, porque de eso se trata cuando vas al SAT: de una manera u otra vas a salir como las gallinas, poniendo. Como les decía, a la hora exacta de la cita me pasaron con una dama que me atendió con toda amabilidad, y en cuanto escuchó mis penas procedió a tramitarme el asunto de la contraseña, que fue muy breve en realidad. Ya estaba precavido de llevar una memoria USB para que allí me guardaran la famosa contraseña. Y pues ya abusando de su buena disposición y enorme amabilidad lloré en el hombro al explicarle que el SAT me había puesto en el Buró de Crédito, etcétera.

Neta que de muy buena gana la dama accedió a entrar al sistema y verificar mi situación fiscal. Les confieso que en cuanto dio Enter toda mi vida, que además es muy aburrida, pasó delante de mis ojos. Después de unos minutos revisando la página, la señorita me dijo que el SAT me estaba aplicando la Quebradora, la Tapatía y la Filomena, porque desde tiempos tan remotos como junio de 1994 o algo así me tenía registrado como trabajador independiente, en el campo del Diseño de Modas. Así como lo leen, ante Hacienda era yo todo un Diseñador de Modas Independiente. Sobra decir que jamás me di de alta, ni como diseñador de modas ni con cualquier otra profesión independiente, y que no tenía la menor idea de cómo ni por qué Hacienda me estaba recetando tan feo. La dama tampoco supo decirme por qué. Usted se dio de alta, me dijo. Pero para darme de alta necesito la contraseña, le dije, y apenas vengo por ella. Ah, me dijo. Entonces alguien lo dio de alta, concluyó, pero no sabría decir quién o cómo.

Lo que sí me aseguró fue que conforme a los códigos vigentes el SAT me estaba reclamando las obligaciones de los últimos cinco años (es lo máximo que podía, aunque creo que de buena gana me hubieran reclamado el papeleo desde 1994), y que con ello me requería cinco años de declaraciones mensuales, declaraciones de IVA, declaraciones anuales, declaraciones del ISR, declaraciones de esto y de lo otro. Ah, y multas y recargos por no cumplir a tiempo con mis obligaciones fiscales. En suma, estaba frito y sin aceite. Pero, señorita, le dije, míreme, ¿a poco tengo aspecto de Diseñador de Modas independiente? Sin inmutarse la dama me dio a entender que le diera gracias a Dios porque sólo podían acalambrarme con lo de cinco años, y cuando le dije que estaban equivocados, que yo jamás había ejercido esa profesión independiente, me sugirió que primero hiciera el cerro de declaraciones pendientes, pagara las multas y los recargos, y ya después hiciera la reclamación al SAT, y que si lograba demostrar que tenía la razón me devolverían la lana y hasta papacito me iban a decir. También me dijo que si me ponía rebelde jamás saldría del Buró. Y eso implicaba no estrenar carro. Maldita sea, dije.

Total: pagué. El contador se fletó a hacer miles de declaraciones en ceros y a halagar a la gente del SAT hasta cubrir todos los requerimientos, solté el dinero de las multas, le pagué al contador, quien por último consiguió darme de baja como Diseñador de Modas Independiente, de modo que en menos de lo que se los cuento desembolsé como 15 mil pesos para que Hacienda me soltara de la oreja. Bueno, en el colmo de la ingenuidad llegué a pensar que en cuanto pagara saldría del del Buró, en una especie de proceso automático. No amiguito, no fue así. Tuve que esperar varios meses, dirigir oficios a la autoridad fiscal, pedirles por favor que me sacaran de la lista negra, a la cual llegué además por no sé qué maromas de su sistema de causantes cautivos. Hice berrinches, me indigné sin conseguir nada, porque sus Altezas me quitaron de sus registros ante el Buró hasta que se les dio su real, neta y muy soberana gana. Lego la bronca con el banco, porque a pesar de ya no estar en el buró me negó el crédito “porque mi conflicto con Hacienda estaba muy reciente”. Y bueno, tuve que esperar un tiempo más hasta que por fin pude sacar fiado el Aveo.

¿Por qué te cuento esto? Porque en estos días trascendió la ratificación de la condena de 9 años de prisión que purga desde 2018 Javier Duarte de Ochoa, quien fuera gobernador de Veracruz, por los delitos, léele con cuidado, de asociación delictuosa y lavado de dinero, de los cuales se declaró culpable, por lo que se le impuso una multa, por favor no te vayas a reír, de 58 mil 890 pesos. Sin embargo, el gobierno a todas luces fallido de Javier El Devastador Duarte desvió miles de millones de pesos a lo largo de sus casi seis años de romperle la madre a Veracruz. Saboréalo, lector, miles de millones de pesos, miles de millones de pesos. Y nunca nadie se dio cuenta, sobre todo en el SAT, cuyos funcionarios se hicieron pendejos durante esos años y no se daban cuenta de las empresas fantasmas, de las facturas falsas, de las desapariciones de, otra vez, miles de millones de pesos. Y qué extraños descuidos, porque fueron capaces de detectar a un Diseñador de Modas Independiente y hacerlo picadillo. En cambio, a nadie se le ocurrió perseguir a Duarte por todas esas montañas de dinero que malversó o de plano se robó o dejó que se las robaran.

Mi caso, por risible o trágico que pudiera ser, es uno entre los miles de casos de personas que conocen por las malas el poder del SAT. Basta con que la gente de Hacienda enfoque la mirada en ti para que, como dije, toda tu aburrida vida pase frente a tus ojos. En serio. Por eso me causa cierta desazón saber que desde 2013 por lo menos, el Auditor Superior de la Federación en ese entonces, Juan Manuel Portal, denunció los desvíos en las finanzas públicas de Veracruz. El tema pareció agotarse por todo el revuelo mediático que ocasionó la renuncia, huida, captura y consignación de Javier Duarte, pero no debemos olvidar el alcance de las cifras que mencionó el auditor. Por ejemplo, el Segundo Reporte Individual de la ASF señala que las observaciones financieras en la Cuenta Pública de 2016 en Veracruz sumaban –hasta ese momento– 14 mil 225 millones de pesos. ¿Es mucho o es poco? No tengo la menor idea. Nunca he visto siquiera cien mil pesos juntos. Mucho menos un millón. De modo que 14 mil 225 millones de pesos son una abstracción. No les encuentro referencia, al menos no en mi realidad de todos los días. ¿Qué se puede comprar con ese dinero? No sé.

Por ejemplo, automóviles. Por ejemplo, en 2018 un Jetta Sportline del año costaba 370 mil pesos, ponle 400 mil, por el seguro. Mil millones de pesos te alcanzarían para adquirir 2 mil 500 vehículos. La cifra que mencionó el auditor puede comprar entonces 35 mil 562 vehículos. Si consideramos que cada auto mide 4.65 m, todos juntos alcanzarían a formar una fila, sin espacios, de 165 kilómetros de longitud, más o menos de Tuxpan, Veracruz, a Tulancingo, Hidalgo. Pues ni así me los imagino. Tal vez en casas de Infonavit, de a 300 mil pesos cada una, da como para 474 mil casas. Si cada fraccionamiento es de, digamos, 250 casas, con esos miles de millones alcanzaríamos a construir mil 896 unidades habitacionales.

Estaban tan del carajo las finanzas de Veracruz que, según la ASF, por cada 100 pesos observados en las cuentas públicas, o mal invertidos, 27.5 pesos correspondieron a Veracruz. Y miren ustedes de dónde se desviaron esos dineros: Prospera Programa de Inclusión Social; el fondo de aportaciones para el fortalecimiento de las entidades federativas (FAFEF), el FORTAMUN, los programas y fondos federales y el ejercicio de las participaciones federales. Por si fuera poco, falta documentación comprobatoria por 6 mil 557 millones de pesos. Las principales observaciones “son por recursos no entregados a los ejecutores, así como a los municipios, e irregularidades y retrasos en la ministración de recursos o de rendimientos financieros a los entes ejecutores”. Y al responsable de este desmadre le impusieron 9 años de tambo y una multa de mugres 58 mil 890 pesos.

¿Y de todo esto no se dio cuenta Hacienda, ni su famosa Unidad de Inteligencia Financiera? ¿No se percató del desfalco un organismo como el SAT, que observa con lupa a los ciudadanos que ejercen funciones independientes como Diseñadores de Modas? ¿De verdad no hubo un solo funcionario, un burócrata que dijera “oigan, muchachos, en Veracruz está pasando algo raro”? ¿De verdad son tan imbéciles? Pues fue eso, o complicidad. No hay otra explicación. De resarcir el daño ni hablar. Lo perdido se perdió. Dentro de unos pocos años Duarte saldrá libre a gastarse el dinero, y se paseará muy orondo ante nuestras indignadas narices, porque a pesar de los dichos del presidente López Obrador de que le puso fin a la corrupción, el sistema judicial sigue siendo una pesadilla para los jodidos y un paraíso de impunidad para quienes pueden comprar eso que llaman “justicia”.

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