Un fracaso anunciado

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“La guerra es el arte de destruir a los hombres, la política es el arte de engañarlos”.

–Parménides.

“El político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene; y de explicar después por qué fue que no ocurrió lo que el predijo”.

–Winston Churchill

“Los políticos son como los cines de barrio, primero te hacen entrar y después te cambian el programa”.

–Enrique Jardiel Poncela

“La política es el paraíso de los charlatanes”.

–George Bernard Shaw

Hay una actitud que no entiendo. Un diputado, un presidente municipal hicieron campaña para acceder al hueso (excepto los pluris, esos son más suertudos). No es fácil hacer una campaña, sobre todo con el tiradero de lodo, las descalificaciones de los adversarios, los recorridos maratónicos por las comunidades para hablar frente a una decena de personas indiferentes a lo que se les dice. Se esfuerza el candidato, gasta del dinero de los contribuyentes y del suyo propio, derrocha energía, se desvela, se levanta temprano, pero sobre todo habla, saluda y trata con gente pedigüeña. En esas circunstancias, como buen comediante, finge interés cuando le solicitan ayuda para la parroquia local, para la junta de mejoras de la escuela, para el techado de la casa de una viuda que es muy pobre, para las medicinas del señor que se chingó la rodilla, etcétera. Y así es todo el tiempo.

El candidato, por supuesto, se compromete, echa rollo –“ayúdeme a llegar al Congreso y verá cómo le ayudo a todo el pueblo, hasta agua potable van a tener”–, se desvive por saludar de mano a niños y viejitas, y se toma fotos sonriente con todos ellos; baila con las damas en la fiesta patronal –para la cual cooperó con veinte cartones de cerveza y un puerco en pie para hacer carnitas y chicharrones–, da consuelo a los afligidos, ofrece medicinas a los enfermos, y brinda palabras de aliento a los que padecen por falta de trabajo o por las bajas ventas del changarro o simplemente por las dificultades de la vida. No le importa que le hagan chunga cuando sale en las fotos coronado de flores o con collares de crisantemos, portando un bastón de mando adornado con papel de china y listones de colores.

Y pelean con tanto ahínco la diputación, la alcaldía, la gubernatura, que por momentos uno llega a pensar que en realidad la desean, que ese es su proyecto de vida, que desde muy pequeños soñaron con el servicio público para ayudar a la gente y a la patria. Hay tanto altruismo, tanta convicción en su discurso justiciero que uno llega a creer que el candidato nació realmente para ese cargo, que el servicio al pueblo -como dicen los clásicos- es el faro que guía sus acciones y su vida toda, porque el aspirante además involucra a su familia, se toma fotos con esposa e hijos y las publicita como si se tratase de una empresa conjunta y un modelo de felicidad.

Algo pasa después de llegar a la meta. Y ese algo no está relacionado con la gente, ni con las promesas de campaña, ni con el trato diario con las personas, y mucho menos con la iniciativa de leyes más justas o convenientes. El nuevo diputado, alcalde, gobernador, a los pocos días de tomar el cargo padece de lo que los enterados llaman “amnesia postelectoral”, y da un brusco viraje a su actitud. La gente lo fastidia, huye de los pedigüeños, pocas veces desciende del Olimpo a las calles y caminos de terracería donde andaba buscando el voto. De pronto dejó de importarle la gente. Doña Chana y doña Gorgonia son una molesta referencia, un par de inoportunas que lo acechan desde hace días en la sala de espera de su oficina. No volverá a saludarlas de mano jamás, a menos que tenga a su alcance inmediato unas toallitas desinfectantes o gel de ese que previene los contagios infecciosos.

“El poder emana del pueblo”, dice en campaña, “ustedes serán mis patrones; yo haré lo que sea más conveniente después de escucharlos”. Ajá. Esa relación patrón-empleado dura apenas unos fugaces instantes. Una vez instalado en la silla, en la curul, el patrón es otro, muy diferente. El diputado, el alcalde, ya no obedecen a quienes los eligieron, obedecen a intereses de grupo, al partido o sus dirigentes, como explicó con inmortales frases el diputado local por Álamo, Pepe Arenas, cuando dejó su bancada en el Congreso de Veracruz: “no me voy del PRI, dejo la bancada porque así conviene a los intereses de grupo”. Así de claro y contundente. ¿Y la gente? Ah, la gente no importa.

Quizá ustedes recuerden que el ahora gobernador del estado, un humorista de nombre Cuitláhuac García Jiménez, fue diputado federal por el distrito 10 de Veracruz, con cabecera en Xalapa. Esa legislatura terminaría en 2018, pero a media agua el señor este, que no dejó nada digno de mencionar en su paso por el Congreso, sintió que la diputación, esa por la que luchó a brazo partido cuando Xalapa era lo más sagrado para él, aquello por lo que daría la pinche vida, ya no le satisfacía, pues tuvo la revelación de que estaba llamado para una tarea aun mayor, de modo que solicitó y obtuvo licencia a la diputación. Ya no la quiso. Era poca cosa. ¿Y los jalapeños, aquellos sus electores a quienes prometió que la Atenas Veracruzana resurgiría de sus cenizas? ¡Ah, esos que se jodan, por crédulos!

Pues bien, en esa primera campaña la saliva no le alcanzó para convencer al electorado, ya que ocupó el tercer lugar en las preferencias del restable, y fue derrotado por Miguel Ángel Yunes Linares, quien ganó la gubernatura de dos años que le heredó el cleptócrata Javier Duarte. Sin embargo, este señor Cuitláhuac no se arredró. Se regresó al Congreso a seguir con su no hacer nada hasta que, en las elecciones de 2018, en las que fue candidato de nuevo, se montó en la ola de Andrés Manuel López Obrador y ganó con mucha diferencia a Miguel Ángel Yunes Márquez. “El futuro por venir es glorioso, de buenaventura, de tranquilidad, de bienestar para Veracruz”, dijo Cuitláhuac en su discurso de toma de posesión en el Congreso el día primero de diciembre de ese mismo año, ​y abundó: “No desaprovecharemos la oportunidad histórica de hacerlo bien. Venimos en paz a promover la justicia, la igualdad, el derecho a una vida con bienestar. Queremos la unidad de nuestra lastimada sociedad”. No se rían. Lo dijo en serio.

En la Plaza Lerdo, ese mismo día, deleitó al respetable con este sentido poema: “En el caminar por este estado, después de haber recorrido los 212 municipios veracruzanos, vimos hambre, pobreza, desigualdad, corrupción y falta de oportunidades, las vi como espinas que lastiman la mano del trabajador humilde del campo, como la enfermedad terminal que acaba y desintegra a miles de familias de las zonas rurales”. A continuación, desgranó toda clase de promesas, trabajo, medicinas, respeto a los derechos humanos, etcétera. A los periodistas le dijo todo lo contrario de lo que haría después: “La prensa tendrá total libertad. A los periodistas no voy a presionarlos ni tirarles línea. No habrá ‘chayote’ y me comprometo que ante una crítica no solicitaré el derecho de réplica, con hechos haremos valer la verdad y rectificaremos cuando la crítica constructiva nos haga sus observaciones ante nuestros errores”. Ah, chingá, casi se me ruedan las lágrimas de la emoción.

Cuitláhuac García Jiménez, esa medianía, ese clown que elegimos como gobernador, presume de sus estudios de ingeniero y maestría y doctorado y de sus posgrados, o como se les llame, en Inglaterra y Alemania. Él mismo dice que recorrió los 212 municipios de Veracruz y vio como espinas que lastiman las manos de los trabajadores. Y bien, con todos esos estudios, con sus recorridos, con sus asesores y expertos en mercado electoral, ¿a poco no se dio cuenta de la pinche bronca en la que se estaba metiendo? ¿En serio? ¿Fue necesario que llegara a gobernador para darse cuenta de que el daño a Veracruz es enorme, producto de décadas, como dice él, décadas de malos gobiernos?

¿Acaso no se dio cuenta de cómo Miguel Ángel Yunes se quedó atrapado en el fango de la descomposición social, económica y política que le dejaron Fidel Herrera y Javier Duarte? Y eso que Miguel Ángel Yunes es un tipo echado para adelante, un político incansable, que sabía bien la podredumbre que le estaban dejando, y que durante dos años se las vio negras para medio enderezar el barco. Y puestos uno al lado del otro Miguel Ángel está a kilómetros por delante de Cuitláhuac, en cuanto a inteligencia, capacidad de maniobra, malicia, operación política, y con todo eso quedó inmovilizado en las arenas movedizas de un sistema podrido y torcido que le ató las manos. ¿Ni siquiera por un momento en sus ratos de desvelos, a solas en su alcoba, pensó Cuitláhuac en la pinche bronca que estaba peleando por conseguir, una en la que un hombre mejor que él estaba sufriendo una amarga derrota? ¿De verdad no se percató de que un gobernador de mayor estatura que la suya estaba fracasando? ¿Qué lo hizo suponer que él, con menos recursos políticos y sin experiencia, podría triunfar en una situación así?

No enumeraré las promesas que hizo como candidato, porque sería ocioso y repetitivo. Tampoco diré que no las cumplió hasta ahora, ni siquiera las más simples, como bajarse el salario en un 30 por ciento. Eso es apenas un chascarrillo mal contado. Diré, en cambio, que durante toda la campaña estuvo como la mosca, jode y jode y jode con que en un término de dos años acabaría con la inseguridad. Bien, ya lleva un año y dos meses, y lean ustedes lo que tenemos, cuando los reporteros le preguntan sobre un operativo en Atzalan, en el que existe la sospecha del abuso policial y que ocasionó la muerte de una niña de once años de edad. Dice el gobernador: “Y por eso era importante decir lo de hoy, ¿sí?, queeeeeeeeee el gran rezago que dejaron, eh, los gobernadores anteriores en estas décadas, ¡en estas décadas!, hoy lo tenemos que resarcir, y eso requiere ehhhhhh, implementarlo a seis años, a seis años”, y asiente varias veces con la cabeza.

Es el mismo político que en su discurso de toma de posesión acusó a los gobiernos de Veracruz que “en el periodo que va de 2006 al 2018 no cumplieron con su función en torno a estos sucesos”. Un año y dos meses después se remonta a décadas atrás para encontrar culpables, y los dos años de plazo para terminar con la inseguridad se convirtieron en seis. Abraham Lincoln dijo “hay momentos en la vida de todo político, en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios”. Este es uno de esos momentos.

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