UV: la agresión y la insurrección estudiantil

Gritan y marchan. Acusan los universitarios al Estado represor. “Fue el Estado”, denuncian en su proclama, agraviados todos por el ataque criminal contra ocho estudiantes, apaleados con saña, atacados con machetes, olvidados por la policía omisa, indolente, cómplice, que no actuó, y por una rectora que se oculta, que no los lidera y que cuando rompe el silencio, maniobra, engaña y se eriza.

“Si tocan a unx, nos tocan a todxs”, dice una de sus mantas, profusamente difundida en medios de comunicación y en redes sociales, una estampa de la protesta.

Y ahí, en la Plaza Regina Martínez, aunque no le guste al gobernador Javier Duarte, aunque retiren la placa original, aunque se tenga que tragar que ya fue repuesta, la Plaza Lerdo de Xalapa, le imputan y le dicen, lo encuadran y le advierten: Ni uno más.

Toman las calles los estudiantes de la Universidad Veracruzana. Caminan con ellos los catedráticos y miembros de la sociedad. Reclaman el ataque a los ocho universitarios, la indolencia oficial, la neutralidad insultante de la rectora Sara Ladrón de Guevara, sin una condena a la altura del agravio.

Es lunes 8. Parten de la Unidad Académica de Humanidades, caminan por la avenida Ávila Camacho y desembocan en Plaza Regina, de frente al palacio de gobierno.

Recuerdan todos lo que ocurrió el viernes 5, cuando un festejo entre amigos tomó visos de tragedia, la violencia ahí, impensada, no por acción de la delincuencia sino por la mano de la represión.

A eso de la una de la mañana arribó un grupo parapolicíaco, criminal y alevoso, cobarde pues se cubría el rostro, cobarde pues portaba bates de beisbol y machetes, cobardes pues atacaron a jóvenes desarmados.

“Ya se los cargó la v… Hasta aquí llegaron”, grita uno de los hampones. Cunde el pánico. Toman a unos y los azotan contra la pared. Patean a quien encuentra a su paso. Golpean a placer, con los bates, con los machetes.

Relata uno de los agredidos: “Fueron los 20 minutos más largos de mi vida. Nos aventaban contra la pared, golpeaban, nos agarraron a patadas y yo como pude me resbalé hasta bajo la cama, ahí me quedé. Escuchaba cómo gritaban, todos pedíamos auxilio y nadie nos ayudó”.

Llegó la policía, tomó nota de los heridos, permaneció unos minutos. Luego arribaría un vehículo Pontiac blanco, ocupado por personas vestidas de civil. Hablaron con los policías y todos se retiraron.

Tres de los universitarios fueron trasladados al Centro de Especialidades Médicas, en Xalapa. Temían que presentaran fracturas craneales por los golpes recibidos. Las fotografías que circulan en las redes sociales y en la prensa describen la violencia y la saña de los encapuchados.

Horas después se sabría que no es un hecho aislado. Describe al gobierno represor, al espionaje de estado, el uso de los recursos del gobierno contra la sociedad, la política de intimidación contra los adversarios, la mano ruda del duartismo contra los núcleos de protesta.

Fluían las voces acusando al secretario de Seguridad Pública del gobierno veracruzano, Arturo Bermúdez Zurita, de haber fraguado el ataque contra miembros de la UV, de tener una lista de “enemigos del gobierno” porque acuden a marchas, pintarrajean paredes y causan destrozos. Pidió su renuncia el diputado local Fidel Robles Guadarrama, del Partido del Trabajo, pues se advierte su mano, sus truculencias, su rencor contra quienes increpan a la mafia oficial.

“Condenamos la violencia y la criminalización de los estudiantes en Veracruz y todo el país —decían en su reclamo los estudiantes—. Exigimos al Gobierno del Estado que cese la violencia y la criminalización de la protesta”. Y remataban: “5 de junio no se olvida”.

Alejandro Saldaña, académico de la UV, leyó un comunicado en que “la comunidad universitaria señala una operación ‘de un comando paramilitar o parapolicíaco’ como responsable del ataque que mantiene en situación de salud delicada a estudiantes, y por lo que fueron trasladados del Centro de Especialidades Médicas a hospitales privados”.

Andrés Timoteo, autor de la columna Texto Irreverente, publicada en Notiver, uno de los periodistas más agudos, críticos, bien informado, hoy en el exilio por seguridad personal, escribió el 6 de junio:

“Que no renuncie Arturo Bermúdez Zurita a la Secretaría de Seguridad Pública. No, no lo dejen renunciar, que no lo haga. ¡Que lo destituyan y que lo presenten detenido ante un juez para que responda por la agresión cometida ayer en Jalapa contra ochos jóvenes!. Los atacantes encapuchados fueron entrenados en las instalaciones de la Academia Estatal de Policía. Son de los suyos, de los acreditados, afirman en los mismos pasillos de palacio de gobierno. Fue la venganza de un mal gobernante que se las cobró a los gritones que lo han cuestionado.

“Los estudiantes se la deben —porque no son los primeros ni serán los últimos en la lista negra— a Javier Duarte quien los tiene en la mira desde aquellas marchas cuando junto con maestros le gritaron en la Plaza Regina Martínez: ¡Duarte marica, atácanos ahorita!. Y ya lo hizo. Por supuesto que el gobernante vengativo no va a renunciar ni lo van a destituir pero en menos de dos años será candidato a la prisión, solo es cuestión de esperar, de no olvidar y claro, de votar”.

Y la gente votó. Y derrotó al PRI en Xalapa Urbano, el distrito que aloja la capital de Veracruz, la sede del gobierno duartista, el palacio de gobierno, ahora de desgobierno. Así castigó a Javier Duarte por ese y por muchos agravios más a la sociedad, por el robo de los recursos públicos, la corrupción y la inseguridad.

Otras voces acusan represión de Estado. Hay sospecha de que los encapuchados son policías entrenados en la Academia El Lencero, como apunta Andrés Timoteo, donde fue llevada una mujer policía y sufrió tortura a manos de compañeros; donde presumen los uniformados que un civil no podría resistir los métodos represivos. ¿No era así en los años 70, cuando la Guerra Sucia?

Infiltrados en la marcha, había provocadores. Andaban embozados, cubierto el rostro, amparados en el anonimato. Pintarrajeaban paredes y pateaban ventanales hasta romperlos. Esos imbéciles no eran universitarios. Su encomienda era manchar la protesta.

Acudieron a la UV. Buscaban a la rectora Sara Ladrón de Guevara, impávida ante la protesta. Querían entregarle la carta signada por alumnos y 93 catedráticos de la institución. Ahí estuvo y se marchó.

Pidieron los familiares de las víctimas que les entregaran a sus hijos. Acusaban que no tenían informes de los médicos, que no les permitían llevar a sus médicos de confianza para realizar una segunda valoración. Exigían que les entregaran a los jóvenes y que se les trasladara a una clínica particular. Rechazaban recibir un solo peso del gobierno de Javier Duarte por el costo de la atención médica, y que ese gasto lo asumiera la UV. Dijeron que la rectora se presentó, habló con los estudiantes, se tomó la fotografía y se fue. Todo por la puerta trasera. Nunca habló con los padres de los alumnos.

Sacudida por la presión, dice la rectora Sara Ladrón de Guevara que siempre ha estado ahí, al pendiente, desde el primer día. Emitió —junio 9— un comunicado de siete puntos, con fines exculpatorios, su versión del conflicto, su interés por los jóvenes agredidos, su comunicación con Javier Duarte, la eterna promesa de que dará con los culpables.

Pero fue categórica al final:

“Rechazo también cualquier intento por usufructuar el dolor y la situación por la que atraviesan los jóvenes y sus familias. Protesto contra quienes intentan capitalizarlo con un interés ajeno a la salud, recuperación e integridad de quienes sufrieron la agresión, que también lesiona a toda nuestra comunidad universitaria”.

¿O sea? Desvió su discurso para encarar a quienes han exhibido la tibieza de sus acciones, su pasividad, el indigno rol de una rectora que no está a la altura de la comunidad estudiantil que dice representar.

Hay síntomas que delatan. Hay represión y la mano de un grupo parapolicíaco o paramilitar. Hay una rectora que no encabeza a sus estudiantes, tibia y complaciente. Hay violencia. Hay criminalización de los estudiantes y de todo adversario u opositor.

“Si tocan a unx, nos tocan a todxs”, advierten los universitarios. “5 de junio no se olvida”, agregan.

Es una insurrección que se incubó con una agresión de Estado.

(Con información de mussiocardenas.com)

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