Veracruz: oleada de muerte

Son 11. Mueren en el campo, en la ciudad, cerca de Veracruz, en Yanga, en la zona cercana a Xalapa, mutilados y decapitados, con las huellas de una violencia que parece interminable, sello del desgobierno de Javier Duarte, devorado por el crimen organizado.

Fin de semana brutal, Veracruz volvió a ser la arena de los odios y del desprecio a la vida, la vida arrancada con saña y el espectáculo de la sangre que ha marcado a un gobierno, a un gobernador, a un sistema cuya insensibilidad al tema de la seguridad terminó por robar la tranquilidad a los veracruzanos.

Morir en el Golfo no es sólo la novela de Aguilar Camín. Es el retrato de una realidad que espanta. Mueren en el Golfo los jóvenes, mujeres y varones, adultos y ancianos, a veces niños. Mueren los sicarios y los traficantes de droga. Mueren los polleros, dedicados a llevar migrantes a Estados Unidos. Mueren porque no pagan cuota o porque le roban el negocio a las mafias establecidas.

Con Miguel Alemán y Fidel Herrera, Veracruz andaba mal, enfilado a un desfiladero de violencia, propiciada en gran medida por la complicidad de la familia política que pactaba espacios, impunidad, protección, y que rentaba el territorio a cambio de miles, cientos de miles y millones de origen sucio y delictivo.

Con Javier Duarte todo es peor. Rebasa el crimen organizado a las instituciones, al gobierno, al operativo que sea, el Veracruz Seguro, el Mando Único, a la Fuerza Civil.

Duarte dejó que Veracruz se tiñera de rojo, libres las manos de lo sicarios para ir por sus presas, para tomar a sus víctimas, someterlas, torturarlas, mutilarlas en vida, arrojarlas en la vía pública, a la vista de todos, dejando constancia que el enemigo es mayor que cualquier otro reto enfrentado.

A Javier Duarte le dejaron 35 cuerpos al pie del monumento a Los Voladores de Papantla, en Boca del Río, frente a Plaza Américas, cimbrando a los boquenses, a los duartistas, a los veracruzanos en general.

35 muertos ahí, en un carril transitado, en hora pico, sin que lo registrara ni una cámara de vigilancia, sin poder captar los rostros y las identidades de los matarifes, detonó el carnaval en que se convirtió el gobierno duartista.

35 muertos un día antes que iniciara la Cumbre de Procuradores y Presidentes de Tribunales Superiores de Justicia del México, dejaba un claro mensaje: Veracruz no es gobernado por las instituciones sino por los criminales, a sus pies la pandilla de Javier Duarte, sometidos o cómplices, avasallados o implicados.

Mueren en el Golfo centenares y hasta miles de personas. Unas por estar involucrados en actividades ilícitas; otros siendo víctimas inocentes, tomadas al azar sólo para calentar la plaza, para generar violencia, para llamar la atención del sistema de seguridad, para el envío de tropa militar y navales, lo que acaba con el negocio de la droga.

Hoy la violencia vuelve a reinar. Hacía unos meses Veracruz se había vuelto a teñir de rojo, rojo sangre. Asesinaban ganaderos en el sur, jóvenes y adultos en balnearios, en los límites con Tabasco. Se disparó el secuestro de personas, los ataques a migrantes, la extorsión.

Decenas de personas fueron levantadas, acusando todos a la Fuerza Civil, el cuerpo de élite del gobierno de Javier Duarte, el desgobernador que tiene el cinismo de decir que en materia de seguridad Veracruz comienza a dar muestra de mejoría, de disminución del delito, indignado el tipo cuando se balconea a Veracruz como una de las entidades donde prolifera el secuestro.

Pero la realidad es la realidad.

Hoy el Veracruz duartista se sacude de nuevo. En 36 horas ocurren 11 ejecuciones brutales. La reseñan los medios. Revelan los detalles. Es la mano del crimen organizado que opera impune, que levanta gente, que regresa los cuerpos mutilados, que los exhibe para demostrar de qué es capaz.

Dice una sentencia que quien infunde más miedo genera más poder. Así es. Así opera la industria de la muerte, las bandas a las que no se podía nombrar en los medios de comunicación por órdenes de Fidel Herrera. Allá los medios que acataron, que se hicieron cómplices, que callaron.

Sintetiza la nueva jornada sangrienta el reportero Noé Zavaleta. Dice en Proceso:

“El fin de semana se tiñó de sangre en Veracruz luego de registrarse 11 ejecuciones en distintos municipios de la entidad en las últimas 36 horas.

“Cinco personas del sexo masculino, de entre 22 y 30 años, fueron halladas con mutilaciones en la congregación de Las Bajadas, en el Puerto de Veracruz, muy cerca de la ciudad industrial Bruno Pagliali y de la empresa multinacional Tenaris Tamsa.

“El hallazgo fue realizado por elementos de la Policía Naval y el Servicio Médico Forense (Semefo). Dos de las víctimas fueron decapitadas mientras que a uno le cortaron las manos.

“En otro caso, la noche del sábado en el municipio de Yanga, sujetos armados interceptaron un taxi donde venían tres sujetos que presuntamente se dedicaban al tráfico de personas.

“Los sicarios únicamente respetaron la vida del conductor a quien le pidieron que se bajara para después rafaguear la unidad 66 de dicho municipio. Abrieron fuego contra los tres pasajeros no sin antes pedirle al conductor que se bajara del vehículo.

“El mismo sábado, los municipios vecinos a la capital del estado (Jilotepec, Almolonga, Tlacolulan y Emiliano Zapata) presenciaron el levantamiento de cuatro personas, tres de ellas jóvenes y un adulto mayor.

“Éstos fueron localizados sin vida en el municipio de Emiliano Zapata con señales de tortura, uno de ellos con unas esposas puestas”.

No se ha ido la violencia. Ahí está. Es el sello del régimen duartista que permitió ya sea por indolencia, por complicidad, por sumisión o por perversión, que las bandas operaran a todo vapor.

Javier Duarte se lavó las manos. Puso el conflicto en manos del gobierno federal, militares, navales, Policía Federal al frente de todo. Les dejó la operación, la estrategia, sus programas para enfrentar la embestida de los malosos.

A la postre, la muerte está ahí.

Hoy son 11 muertos, ejecutados y mutilados, rafagueados, tirados en parajes campiranos, en la calle. Es el signo de la violencia incontrolable.

Es la realidad sangrienta que ha marcado al desgobierno de Javier Duarte.

(Con información de mussiocardenas.com)

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