Veracruz, tierra de tumbas e impunidad

Bastó que la policía federal empezara a husmear en Tierra Blanca en busca de los cinco jóvenes levantados por la policía y entregados al crimen organizado, para que se descubriera que Veracruz es el cementerio más grande de la república.

Ocupamos deshonrosamente el primer lugar en violencia. También somos los primeros en asesinatos de periodistas. El honroso primer lugar en feminicidios nadie nos los quita y ya no digamos el de la economía y finanzas porque también el Duartismo se llevó hasta la medalla de oro.

Hoy, sin embargo, el tema que nos ocupa es la cloaca destapada en el rancho “El Limón”, en Tlalixcoyan, propiedad de un distinguido priista de la Fidelidad.

Allí las autoridades federales han aceptado que han encontrado los restos de entre 300 y 400 personas calcinadas sin posibilidad de realizarles prueba ADN para identificarlos por el mal estado de sus cuerpos.

Y eso no es doloroso, es dolorosísimo saber de tantos veracruzanos calcinados bajo tierra.

Dantesco imaginar que fueron juzgados y condenados por criminales que no satisfechos con asesinarlos los quemaron, por asesinos a sueldo en abierto maridaje con una policía corrupta.

Si fue ajusticiamiento, si fue venganza, si fue por disputa territorial o por la plaza o por equivocación no hay más que admitir que el imperio del crimen gana y que hace una década sentó sus reales en Veracruz, en donde no hubo autoridad estatal posible de controlar el estado de indefensión en el que vivimos.

Sea por complicidad, sea por incompetencia o porque así conviene al narcopoder y a la narcopolítica Veracruz quedó en medio de la barbarie.

Desgarra el corazón y la propia conciencia ciudadana conocer la versión de Bernardo Benítez Herrera, padre de uno de los cinco desaparecidos de Tierra Blanca, quien a la vuelta de tres semanas de justa exigencia de justicia, solo le fue entregado un girón de ropa de su hijo y 3 centímetros de un hueso quemado.

Así y luego de conocer que los restos de su hijo Bernardo Benítez Arroniz ya fueron identificados en la fosa común, al igual que el de su compañero Luis Alfredo González Díaz reclama con justa razón una nueva revisión de ADN y, lo más grave, que se investigue la fosa de los 400 calcinados.

Y es que no solo es el dicho de Bernardo Benítez.

Entrevistados en el campamento instalado en el Ministerio Público de Tierra Blanca, los familiares de las víctimas hablaron sobre el macabro hallazgo confirmado por peritos de la Gendarmería Nacional de la Comisión Nacional de Seguridad.

La noticia ha sacudido a la opinión pública nacional e internacional.

Son hechos que no vistos desde la Alemania de Hitler, crímenes de lesa humanidad que no registran entidades en permanente violencia como Michoacán y el estado de Guerrero.

Lo de Benítez sí que duele.

“Ayer durante la reunión me mostraron los estudios ADN realizados a tres centímetros del hueso de mi hijo para fortuna y desgracia nuestra, aunque sean tres centímetros de una parte de mi hijo, podemos darle cristiana sepultura, y tener a que rezar”, exclamó.

Al desconfiar en las autoridades, Benítez Herrera anunció que pedirá que un laboratorio independiente realice los nuevamente los estudios de ADN a los huesos de su hijo, con el objetivo de confirmar la deleznable noticia.

De igual manera que familiares de los 43 normalistas desaparecidos, los deudos de Tierra Blanca advirtieron que la lucha para encontrar a sus hijos no terminará y lucharán hasta que se esclarezcan los hechos.

“Esto no termina todavía, seguimos aquí, y mientras no aparezcan los cuatro muchachos que faltan, vamos a seguir con más fuerza hasta que se esclarezca todo”, externó.

Para Bernardo y los otros padres de familia la solidaridad y exigencia de justicia permanente, para los 300 o 400 en una fosa común, el grito de ¡Ya Basta!

Si son 300 o 400, o si fuera uno, en las condiciones de ingobernabilidad que vive Veracruz se requiere de la participación federal urgente. El gobierno de Enrique Peña Nieto ya no puede seguir solapando. No se puede ser cómplice ante el genocidio.

Llegó el momento de investigar los narcocementerios de Villarín, de Minatitlán, de El Lencero y Orizaba.

Tiempo al tiempo.

Édgar Hernández *Premio Nacional de Periodismo/ “Línea caliente”

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