¿Y las mujeres?

Por Jorge Curiel H.

Hoy llamé a mi esposa Pamela, como todos los días, a eso de las 9:00 a.m., para mostrar mi lado protector y cerciorarme que ya había llegado a su trabajo, pero su número me mandó a buzón, por lo que le envié varios mensajes pidiendo que me llamara en cuanto pudiera.  A las 11:30 a.m. seguía sin recibir respuesta, así que llamé a su oficina y pedí por Tere, su asistente, pero me dijeron que no había llegado porque los lunes lleva a sus hijos a la guardería, así que Celso, de contabilidad, muy amablemente me atendió, le pedí me comunicara con mi esposa, pero me dijo extrañado: “Pame no ha llegado, y es muy raro porque llamaron del Hotel Westin para preguntar por ella porque no se había presentado a la reunión que tenía con ellos a las 10:00 a.m.”.  Traté de calmarme y hacer diversas suposiciones, se le averió el coche y no tenía carga el celular, pasó a casa de sus papás y olvidó el teléfono, acudió a ayudar a alguna amiga que la necesitaba y no ha podido comunicarse, etc.

Cabe mencionar que después de 10 años de casado uno aprende que la gente no está disponible para uno las 24 horas del día por más que lo desee, así que me dispuse a organizarme para recoger a los niños en la escuela a las 2:00 p.m., estaba seguro de que allí la encontraría con una respuesta mucho más sencilla de lo que yo pudiera imaginar y eso me tranquilizaba, estaba preocupado y temeroso de que algo le pudiera haber pasado, incluso sentía algo de enojo por su falta de sensibilidad ante la preocupación que causaba su incomunicación; sin embargo, no quería llamar a sus papas o mi cuñada porque sería causar alarma innecesaria en los días ajenos que imagino estaban igual de ajetreados que el mío.

Recogí a los niños en la escuela y pregunte al conserje (extrañamente las mises no estaban en la puerta de salida) si no habría ella asistido a alguna platica o reunión de la que probablemente yo no tuviera noticia o que hubiera olvidado por no poner siempre toda mi atención a lo que ella me dice, pero no, en la escuela tampoco la habrían visto.  Lo primero que mis hijos dijeron fue “¿…y mamita?” “Creo que está en la casa”, conteste, “vamos allá para comer con ella”.  Cuando llegué por fin a mi casa, donde, ahora sí era casi seguro encontrarla, me encontré con que Mayra, la señora que nos ayuda en la casa, no había llegado a trabajar y tampoco había avisado por qué. Pedimos pizza entonces y mientras llegaba me dispuse a mandar mensajes a sus amigas, compañeras de trabajo, etc. para saber si sabían algo de ella, pero tampoco recibí respuesta. 

A estas alturas del día mi teléfono no paraba de sonar con mensajes y llamadas de trabajo ya que había descuidado mis deberes laborales para cumplir con los de padre y madre por esa mañana y tarde.  A las 4:00 p.m. mis hijos debían estar en el entrenamiento de fútbol, así que apenas nos dio tiempo de comer la pizza y salir corriendo al entrenamiento, dejando atrás la casa toda tirada.  Mientras observaba la práctica deportiva de mis hijos busqué en redes sociales algún rastro de ella, alguna foto, comentario o actividad reciente, pero nada, ni sus luces.

Terminó la práctica y regresé a mi casa, no había mensajes ni llamadas. Ayudé a mis hijos con la tarea, que es una de las actividades más complicadas que realizan las madres, y posteriormente se dieron un baño y los acosté a dormir. No había podido, por un solo momento, dedicarme a buscar a mi esposa ya que se me venía el mundo encima cumpliendo con las actividades de mamá. Llamé a casa de mis suegros a eso de las 9:00 p.m. y mi suegro me dijo que no sabía nada de ella pero que trataría de llamarla y además preguntaría a mi suegra, en cuanto llegara. 

Me acosté a esperar, buscando desesperadamente en el teléfono algún indicio de su paradero.  Nada, ni mensajes ni llamadas perdidas ni siquiera evidencia de su actividad en redes sociales.  Obviamente no podía conciliar el sueño, busqué en Google qué se debe hacer cuando una persona está desaparecida y me encontré con que para que una persona se considere como tal, deben pasar 24 horas desde que se le vio por última vez, este no era mi caso.  Llamé de todas formas al 911 donde después de 40 minutos de una frustrante espera y una música electrónica que terminó por taladrar mis oídos, contestó un hombre muy poco amable, le comenté mi situación, pero me dijo que nada podía hacer ya que ninguna de las operadoras se había presentado a trabajar probablemente por un tema sindical. 

Voltee a ver mi reloj y eran casi las 12 de la noche, mi preocupación me hacía sudar y temía que hubiera sucedido lo peor, con todo este tema de la violencia me mataba la idea de solo pensar que le hubiera sucedido algo.  Pensé en salir de la casa a buscarla, pero no tenía con quien dejar a los niños (Mayra no había llegado) y sería todavía más irresponsable dejarles dormidos para ir a buscarle.

Pasadas las 12:00 de la noche pude por fin establecer contacto con ella, estaba bien, estaba en el sillón de la casa, invisible, en silencio, buscando que todos pudiéramos hacer el ejercicio de perderla, de prescindir de ella, de extrañarla, aunque fuera por un día. Fue caótico, no solamente porque tuve que realizar mis tareas y las suyas, sino porque pude vivir en carne propia del terrible sentimiento por el que pasan los familiares y amigos de las mujeres que desaparecen, que sufren acoso, violencia y feminicidios, pude darme cuenta que las necesitamos, que son muy importantes para nosotros, para sus hijos, para sus hijas, y para que camine México.

He visto en estos últimos días cómo políticos, empresas, televisoras, incluso marcas, se han colgado de este movimiento #9DeMarzo o #UnDíaSinMujeres, lo cual me parece vil e infame, si su interés es apoyarlas, háganlo, pero es de muy mal gusto andarse pavoneando al respecto. 

La mujer en la sociedad moderna y especialmente en México juega un papel fundamental, tanto económica como socialmente. Si recordamos las clases de civismo que se impartían en la antigüedad (así le llaman mis hijos a todo lo que haya ocurrido antes de 1995) se nos enseñó que la Familia es el núcleo de la sociedad, pero si reflexionamos un poco al respecto y a través de un lente más moderno, es evidente que el núcleo de la familia es, sin lugar a dudas, la mujer. 

Les pido tomarse este 9 de marzo 2020, a todos, hombres y mujeres, un momento para pensar acerca de lo que podemos hacer cada uno de nosotros para que nuestras mujeres puedan vivir sin miedo, sin sentirse violentadas o agredidas, recordemos que esta no es una guerra de mujeres contra hombres, sino de todos contra la violencia y en favor de una convivencia en paz. 

Espero que esto sea un parteaguas, que despertemos y nos demos cuenta de lo grave que es el maltrato, el acoso y la violencia, pero también que entendamos que este maltrato y esta violencia cuando se da en perjuicio de nuestras mujeres es además un acto de cobardía.

Estoy a sus órdenes para cualquier comentario sobre esta columna en: 

jcurielh@gmail.com  o bien Twitter:  @jcurielh  

00
Compartir